sábado, 7 de abril de 2012

El Cortisol y la testosterona

Desde el principio de los tiempos el hombre se ha preguntado cómo atraer físicamente a las mujeres. Se han escrito ríos de tinta sobre el aspecto físico favorito de las mujeres. Los hombres, al igual que el conjunto de la sociedad, se preocupan cada vez más por lucir un cuerpo atractivo y vestir a la moda. Puede que esto no sirva de nada. Un nuevo estudio de la Universidad de Abertay (Escocia), publicado en la revista Nature Communications, sostiene que lo que realmente buscan las mujeres en un hombre es que tenga un fuerte sistema inmune, mucha testosterona y bajos niveles de cortisol, la hormona del estrés. O, más bien, buscan los rostros relacionados con estas características: pómulos marcados y mandíbulas pronunciadas. En definitiva, el 'macho' tradicional gusta por motivos biológicos, no sólo estéticos.

El estudio muestra que, de alguna manera aún por determinar, las mujeres reconocen con sólo mirar a un hombre, sin necesidad de contacto, que tiene altos niveles de testosterona, la hormona masculina, y un sólido sistema inmune para combatir las enfermedades. La combinación resultante las atrae sexualmente, porque encuentran el rostro de estos hombres más atractivo.

Esta relación, además, es especialmente pronunciada en los hombres con bajos niveles de cortisol, una hormona directamente relacionada con el estrés. El hallazgo, según explican los investigadores, sugiere que los niveles de estrés de un hombre juegan un papel clave en la generación de testosterona, que es lo que realmente atrae a las mujeres. El cortisol podría tener incluso un impacto directo en los rasgos faciales de los hombres, aunque es demasiado pronto para saber esto con certeza.

Experimentando con ciudadanos de Letonia

La psicóloga Fhionna Moore, autora principal del estudio, seleccionó a 70 letones, de en torno a 20 años de edad, y midió sus niveles de testosterona, cortisol y anticuerpos, antes y después de administrarles una dosis de Hepatitis B, que estimula el sistema inmune. Tras esto se mostraron fotografías de las caras de los hombres a 94 mujeres, también letonas, de la misma edad, y se les pidió que calificaran el atractivo de los hombres en una escala del 1 al 10. Se comparó entonces la puntuación que otorgaban las mujeres a cada hombre y sus niveles hormonales y de anticuerpos, descubriendo entonces una relación recíproca: a mayor nivel hormonal mayor atractivo, y viceversa.

Los rasgos faciales típicamente masculinos se han asociado desde hace mucho tiempo con altos niveles de testosterona y un fuerte sistema inmune. Tiene una lógica sencilla de entender. Estos hombres son mejores para procrear pues, en un principio, su descendencia es más fuerte y por ello las mujeres los encuentran más atractivos. La novedad del estudio es que asocia por primera vez los niveles de estrés como un factor negativo en el atractivo de un hombre.

lunes, 2 de abril de 2012

La Libertad sexual se acepta más

Libertad y sexualidad

Por Joaquín Santiago Rubio






La cuestión de las libertades civiles solo puede ser resuelta satisfactoriamente partiendo del axioma central libertario de la autoposesión. Todo individuo, dice este, es propietario de su cuerpo, y únicamente le está vedado el ejercicio de la violencia o de la amenaza de su uso. El entramado de relaciones libres, base de la sociedad de cooperación voluntaria, es posible en este contexto y se bloquea en cualquier sistema de vinculaciones coactivo.



En los últimos años se ha desplegado una renovada batería de argumentos conservadores críticos con la práctica de la homosexualidad y con la asunción de la misma como una opción legítima por parte de sectores cada vez más amplios. Esta carga conservadora acude a la divulgación de estudios y observaciones donde la homosexualidad se presenta como una práctica fruto del aprendizaje y en ningún caso como una variante biológica con fundamentos genéticos. Dado, no obstante, que muchas propensiones y rasgos precursores de la homosexualidad surgen en individuos de corta edad, se intenta agrupar las consignas bajo el estigma de la enfermedad. Por si eso no bastara, es decir, por si ni la conducta aprendida ni la enfermedad cubrieran todo el espectro de casos, los detractores de la homosexualidad apelan a su inconveniencia social. Aquí se acude a la institución familiar como eje de la civilización y se vincula estadísticamente a las familias con la prosperidad. Sería así que las sociedades con una estructura familiar sólida gozarían de mayor desarrollo.

En el lado opuesto, algunos defensores de la homosexualidad como opción personal se entregan también a la búsqueda de una evidencia científica que apoye la postura genetista. Salvo en estos argumentarios, lo que prima entre los defensores de la homosexualidad es su consideración como una opción personal.

Una de las ventajas de la postura libertaria arriba mencionada consiste en que es más consciente de la provisionalidad de todo estudio científico relativo a fenómenos infinitamente complejos como los biológicos y los sociales. Por otro lado, presenta la evidencia histórica de que solamente la sociedad abierta puede albergar números crecientes de seres humanos y ofrecerles un marco de relaciones donde la mayoría encuentre prosperidad y en el que las diversas opciones vitales, consustanciales al aumento de población y a la creciente complejidad social, tengan cabida.

Los apoyos científicos contra los homosexuales y la homosexualidad son ejercicios de puro constructivismo social, mera coacción para ordenar la conducta de unos individuos según las preferencias de otros. Ni existe ni existirá posibilidad alguna de condenar médica ni socialmente la homosexualidad sobre bases científicas, y todo intento de hacerlo se precipita en la más pura manipulación.

La supervivencia de una especie tan compleja como la humana en continuo crecimiento depende de que se asegure tanto la reproducción como la convivencia y la libre determinación de los lazos sociales. Es lo único que se puede asegurar al respecto. De ahí que desde el ámbito libertario sea preciso apoyar toda práctica sexual basada en el libre consentimiento.