Una amiga me comentaba hace poco, apasionadamente desengañada, como quien ha descubierto una aberrante conspiración multinacional, que el sexo de usar y tirar era perjudicial, que le era manifiestamente nocivo...
Esta amiga mía tiene una sólida reputación de depredadora sexual de sábado noche, es una profesional joven, independiente, con la vida encarrilada hacia un prometedor futuro. Hablo de una joven moderna, diríamos que ejemplar, la envidia de muchas de nosotras. Al parecer, me hacía una revelación casi revolucionaria.
Se había sentido identificada en un artículo sobre resacas veraniegas y levantarse al lado de desconocidos, la mayoría de las veces, equivocados. Me dijo que últimamente se sentía no ya con depresión postcoital o algo etimológicamente snob o a la moda, me dijo que se sentía vacía por dentro, que se había engañado, destruido un poco a sí misma.
Me di cuenta que como ella, muchas de nosotras hemos caído en nuestra propia trampa de confundir la libertad femenina recién conquistada con una tendencia a contemplar la promiscuidad como una virtud, el exceso como signo de modernidad, la transgresión como inteligencia. Simplemente por renegar de un pasado de imposiciones morales, de prohibiciones. Como niños con demasiado dinero para helados. Lo bueno del tema es que esta amiga mía no ha vivido demasiadas restricciones, simplemente lo ha hecho porque podía hacerlo, por diversión, por hedonismo o por pura explosión hormonal mezclada con un exceso de mojitos. Y no está nada mal disfrutar del sexo, está genial, y gozar de nuestro cuerpo, explorarlo y ser nuestras dueñas para usarlo cómo y con quien queramos, por supuesto, faltaría más. La pregunta que os hago es: ¿somos realmente dueñas de nuestro cuerpo, de nosotras mismas? ¿O nos estamos engañando?
Si tienes claro que ahora mismo quieres todo tu tiempo para ti y que únicamente quieres relaciones sexuales sin ningún tipo de atadura, puro sexo deportivo, adelante; practícalo. Sé y siéntete libre para ello. Pero, si acabas metida en la cama con un chico distinto cada noche que sales a bailar, como en un bucle repetitivo en el que no sabes muy bien cómo has entrado ni cómo salir, quizá lo que hace falta es que te retires a reflexionar, a estar contigo misma y a descubrir qué es lo que quieres, qué buscas en esas prometedoras noches con sus ilusionantes "romeos-kleenex" o qué haces envuelta en una especie de torbellino inconsciente de juerga y sexo que rara vez acaba bien cada vez que sales de casa los sábados.
Quizá tras unas sesiones de meditación, de reencuentro contigo misma, de reflexión, de pararte a escuchar a la gente que te quiere, puedas distinguir tus verdaderos deseos y comprender que el sexo para ti ya es algo más que atletismo, que valorarte como una amazona moderna de teleserie para mujeres "liberadas" -que más bien están presas de sí mismas, sus autoexigencias y estereotipos-, es divertido sólo mientras lo es; que es más importante lo que sentimos de verdad y expresarlo que caer en el olvido de una fiesta sin fin que ya acabó, que ya cansa, o que simplemente no cabe en ti en estos momentos.
Sólo tienes que escucharte y reconocer lo que quieres. Y si lo que quieres es sexo, que lo disfrutes.
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