La infidelidad femenina gana visibilidad, pero no es aceptada socialmente. (Corbis)
La infidelidad femenina ha sido un comportamiento reprobado y castigado durante siglos. Si bien es cierto que el engaño masculino tampoco está bien visto, históricamente ha sido más tolerado y, en cualquier caso, ha gozado de una mayor visibilidad. La sexóloga argentina Alicia Gallotti, autora de más de una docena de libros, presenta estos días su último trabajo, Soy infiel ¿y tú? (Ed. Martinez Roca).
En su nueva obra Galloti realiza un retrato de la infidelidad femenina, un fenómeno que, tal como ha explicado a El Confidencial, sigue siendo negado por sistema y calificado negativamente. Aunque la autora reconoce que la infidelidad femenina ha ganado visibilidad, cree que estamos en una época en la que se está cerrando el círculo de las libertades sexuales: “Los jóvenes vuelven a valorar cosas del pasado, con respecto a la moral de las relaciones sexuales. Hay chicos que no quieren usar el preservativo, como si nada hubiera pasado. Los cambios no son tan profundos como parecen. Hay una falsa moral. La sociedad se sigue escandalizando con la infidelidad femenina y no con la individual, con la que protagonizamos todos los días en el trabajo o las relaciones, cuando no somos fieles a nosotros mismos”.
Alicia Gallotti
Acabando con lugares comunes
Hay un tópico muy extendido para justificar la infidelidad masculina: los hombres son más propensos a ésta que las mujeres, ya que tienen un deseo sexual incontenible. Gallotti cree que se trata de un lugar común que no se ajusta a la realidad. Según la sexóloga, no hay tantas diferencias entre hombres y mujeres en lo que respecta al amor y el sexo, “lo que durante siglos ha hecho que parecieran distintas es un encasillamiento moral”. A la sociedad en conjunto le interesaba especialmente que la mujer no fuera infiel: “La reproducción complica mucho la sexualidad femenina, y afecta enormemente a su libertad sexual. Históricamente la sociedad ha intentado asegurar que los hijos fueran del marido de la pareja estable. Si los hombres también pudieran tener hijos la sexualidad sería muy diferente”.
Numerosos investigadores sociales han estudiado si la monogamia es realmente la forma natural de relación entre hombres y mujeres. Gallotti es de la opinión de que la monogamia es sólo “una convicción social y no está claro que es lo que quiera todo el mundo, ni siquiera que sea la forma de relación más beneficiosa en conjunto”. En la década de los 70, tal como explica Gallotti, se empezó a hablar abiertamente de la crisis de la familia y la pareja monogámica. En todo este tiempo han cambiado enormemente los modelos de familia, sin embargo la monogamia sigue resistiendo como la única forma comúnmente aceptada de relación sexual y amorosa.
Para Gallotti el sexo no tiene porque estar relacionado necesariamente con el amor, ya que “se trata de un instinto que responde a la biología”. Frente a la pareja monogámica, Gallotti defiende un modelo de pareja en la que “el amor y el respeto sean lo más importante, sin poner en entredicho la fidelidad en ese ámbito”. En ese sentido tiene claro que "puedes amar a una persona y acostarte con otra”.
Infidelidades de todo tipo
Investigadores y periodistas realizan continuos esfuerzos por buscar tópicos sobre la infidelidad que establezcan cuando se produce ésta, por qué motivos, y en qué punto de una relación de pareja. Gallotti por el contrario cree que no hay ningún criterio fijo al respecto: “Hay muchos motivos para ser infiel: cuando no hay diálogo, cuando no hay sexo, o es malo, cuando la relación es demasiado rutinaria… En cualquier caso, las razones para ser infieles de mujeres y hombres son muy parecidos”.
Respecto al momento concreto de una relación en la que se producen infidelidades tampoco existe un criterio fijo. Según datos estadísticos del portal de citas extramatrimoniales Victoria Milan, del que es portavoz la propia Gallotti, la edad más común de las mujeres que usan el servicio va de los 35 a los 50 años. Una horquilla muy amplia que para Gallotti no tiene demasiada validez: “No hay una edad más propensa a la infidelidad. Sé que es complicado para hacer un titular de prensa, pero no se puede encasillar”.
Tampoco parece estar muy claro el momento de la relación de pareja en la que aparecen las infidelidades. Sí se sabe que el amor pasional se extingue entre los tres y los seis primeros meses de relación, pero no está relacionado necesariamente con el inicio de las infidelidades. Tal como explica Gallotti, “hay personas que son infieles a los seis meses y otras a los veinte años”. La sexóloga cree que el inicio de las infidelidades, su frecuencia y su aceptación, dependen mucho del tipo de pareja: “Cuando vemos una pareja tenemos una visión muy convencional. Pero son relaciones muy complejas y lo que vale o no es muy distinto entre ellas. Hay parejas que van a intercambios, que tienen arreglos matrimoniales, que aceptan ciertas infidelidades…”
La infidelidad como algo positivo
Las relaciones ajenas a la pareja siempre han sido mal vistas, pero Gallotti cree que en muchos casos pueden ser positivas, incluso ser beneficiosas: “Las infidelidades pueden ser sanas. Pueden redundar en la valoración de la pareja y en la reactivación de la vida sexual, aumentar la autoestima…” Eso sí, hay que tener cuidado, pues muchas veces “se viven mal”.
jueves, 29 de marzo de 2012
viernes, 23 de marzo de 2012
La Tranquilidad de la Mujer madura
el título de un libro que cayó en mis manos el otro día y que ha escrito Diego Armario, un compañero de profesión. El título completo es La segunda virginidad. El poder sexual de la mujer madura.
Y dice:
“Un fenómeno novedoso irrumpe con fuerza en nuestra sociedad; es en la madurez cuando las mujeres descubren el poder de su sexualidad (?). Un momento en su vida en el que rompen ataduras con la mala conciencia que algunos han querido imponerles, se sienten más libres y viven sin complejos esa libertad (también, claro está, en el terreno sexual)”.
“Este libro aborda una realidad que durante mucho tiempo se ha querido ignorar. La segunda virginidad refleja el instante crucial que ellos temen y ellas desean, cuando comienza la inseguridad de los hombres y la afirmación de las mujeres. Ni los dictados machistas ni las críticas de lesbianas o feministas radicales les sirven ya para orientar su vida”.
Un poco exagerado. Es verdad que ahora la tendencia es ensalzar a las cuarentañeras, que bien está, pero de ahí al poder que nos atribuye este autor media un abismo.
Justo al día siguiente de ojear el libro de marras, me encuentro de bruces con la teoría de la invisibilidad, en una revista en la que debatían largo y tendido mujeres “invisibles”, de la misma edad que tengo yo, vaya. Y volvían sobre lo mismo que he contado aquí otras veces. Que a partir de cierta edad ya te puedes poner una lechuga en la cabeza y salir a la calle, que seguirán sin verte.
Y dice:
“Un fenómeno novedoso irrumpe con fuerza en nuestra sociedad; es en la madurez cuando las mujeres descubren el poder de su sexualidad (?). Un momento en su vida en el que rompen ataduras con la mala conciencia que algunos han querido imponerles, se sienten más libres y viven sin complejos esa libertad (también, claro está, en el terreno sexual)”.
“Este libro aborda una realidad que durante mucho tiempo se ha querido ignorar. La segunda virginidad refleja el instante crucial que ellos temen y ellas desean, cuando comienza la inseguridad de los hombres y la afirmación de las mujeres. Ni los dictados machistas ni las críticas de lesbianas o feministas radicales les sirven ya para orientar su vida”.
Un poco exagerado. Es verdad que ahora la tendencia es ensalzar a las cuarentañeras, que bien está, pero de ahí al poder que nos atribuye este autor media un abismo.
Justo al día siguiente de ojear el libro de marras, me encuentro de bruces con la teoría de la invisibilidad, en una revista en la que debatían largo y tendido mujeres “invisibles”, de la misma edad que tengo yo, vaya. Y volvían sobre lo mismo que he contado aquí otras veces. Que a partir de cierta edad ya te puedes poner una lechuga en la cabeza y salir a la calle, que seguirán sin verte.
El Poder de la Mujer: Diego armario
Las mujeres, desde que el mundo es mundo, han sabido lo que querían y cómo conseguirlo, y la prueba está en que al tiempo que algún iluso se inventó el cinturón de castidad hubo una señora que ideó cómo sacar una copia de la llave que lo abría. Por eso en materia de sexo las que realmente sabe son ellas.
Alguien como Stieg Larsson podía escribir una trilogía sobre Los hombres que no amaban a las mujeres o las mujeres que se vengaban de los hombres con una cerilla y un bidón de golosina, porque los hombres son capaces de entender la relación sexual como un triunfo con todas sus consecuencias, pero ha tenido que aparecer en el mundo editorial una mujer que vive en Londres, es madre de dos hijos y que al parecer se llama El James, para que revolucione el mundo de la literatura erótica femenina.
Su primera novela “Las 50 sombras de Grey” es ya un éxito editorial internacional y las otras dos que completarán la trilogía ( “Las 50 sombras más oscuras” y “Las 50 sombras liberadas”) prometen ocupar un espacio destacado en las mesillas de noches de millones de hembras de todo el mundo.
Algún experto en márketing editorial ha calificado la primera entrega de la obra de la británica como “el porno que le gusta a las mujeres”, en un intento ficticio por participar de la fábula que expande la idea de que las mujeres, como son distintas a los hombres y menos primitivas, no están tocadas por la curiosidad o la afición a las perversiones del sexo.
Estos errores se cometen cuando los que escriben la historia son hombres, no ya que no amen a las mujeres, sino que ni siquiera las conocen porque nunca las escuchan. Tal vez por esa razón el hombre puede preguntarse estúpidamente, mientras se toca la cabeza, “¿cómo es posible que me esté pasando a mí esto?
Yo, que como saben los que me conocen personalmente, soy muy aficionado a jalearme a mí mismo, no quiero dejar de recordar en este momento que hace unos años escribí y publiqué en la Editorial Almuzara, un ensayo sobre el poder de la mujer que lo titulé “La segunda virginidad, el poder sexual de la mujer madura”, ensayo que unos años después tradujo al portugués la Editorial Caleidoscopio. Este libro fue producto de no pocas conversaciones con muchas mujeres y algo de memoria, y el mejor elogio que pude recibir de una de mis lectoras que comentó en el blog de la editorial lo que le había parecido mi libro fue: “parece que estuviera escrito por una mujer”.
La mujer no es un ser extraño. Sólo es un ser discreto que no exhibe en la plaza pública nada de lo que no quiera que se sepa, pero si se trata de consumir es la primera en no renunciar a hacerse un hueco privilegiado en el puesto de venta del producto que más le interese, y eso incluye el sexo real, virtual, literario, cinematográfico, instrumental o mediopensionista. Por eso describir la novela de El James como un producto especifico y novedoso sobre “el porno que le gusta a las mujeres” es tanto como afirmar que, en tocando esta materia, las mujeres son un capítulo aparte de la historia de las relaciones humanas.
Alguien como Stieg Larsson podía escribir una trilogía sobre Los hombres que no amaban a las mujeres o las mujeres que se vengaban de los hombres con una cerilla y un bidón de golosina, porque los hombres son capaces de entender la relación sexual como un triunfo con todas sus consecuencias, pero ha tenido que aparecer en el mundo editorial una mujer que vive en Londres, es madre de dos hijos y que al parecer se llama El James, para que revolucione el mundo de la literatura erótica femenina.
Su primera novela “Las 50 sombras de Grey” es ya un éxito editorial internacional y las otras dos que completarán la trilogía ( “Las 50 sombras más oscuras” y “Las 50 sombras liberadas”) prometen ocupar un espacio destacado en las mesillas de noches de millones de hembras de todo el mundo.
Algún experto en márketing editorial ha calificado la primera entrega de la obra de la británica como “el porno que le gusta a las mujeres”, en un intento ficticio por participar de la fábula que expande la idea de que las mujeres, como son distintas a los hombres y menos primitivas, no están tocadas por la curiosidad o la afición a las perversiones del sexo.
Estos errores se cometen cuando los que escriben la historia son hombres, no ya que no amen a las mujeres, sino que ni siquiera las conocen porque nunca las escuchan. Tal vez por esa razón el hombre puede preguntarse estúpidamente, mientras se toca la cabeza, “¿cómo es posible que me esté pasando a mí esto?
Yo, que como saben los que me conocen personalmente, soy muy aficionado a jalearme a mí mismo, no quiero dejar de recordar en este momento que hace unos años escribí y publiqué en la Editorial Almuzara, un ensayo sobre el poder de la mujer que lo titulé “La segunda virginidad, el poder sexual de la mujer madura”, ensayo que unos años después tradujo al portugués la Editorial Caleidoscopio. Este libro fue producto de no pocas conversaciones con muchas mujeres y algo de memoria, y el mejor elogio que pude recibir de una de mis lectoras que comentó en el blog de la editorial lo que le había parecido mi libro fue: “parece que estuviera escrito por una mujer”.
La mujer no es un ser extraño. Sólo es un ser discreto que no exhibe en la plaza pública nada de lo que no quiera que se sepa, pero si se trata de consumir es la primera en no renunciar a hacerse un hueco privilegiado en el puesto de venta del producto que más le interese, y eso incluye el sexo real, virtual, literario, cinematográfico, instrumental o mediopensionista. Por eso describir la novela de El James como un producto especifico y novedoso sobre “el porno que le gusta a las mujeres” es tanto como afirmar que, en tocando esta materia, las mujeres son un capítulo aparte de la historia de las relaciones humanas.
domingo, 18 de marzo de 2012
Las moscas se emborrachan si no liberan la Tensión sexual
Las moscas se emborrachan si no tienen sexo
Al parecer no sólo los seres humanos "mojamos" nuestras penas en alcohol. Por increíble que parezca, también lo hacen las moscas.
13 comentariosImprimirCorregirCompartir:EnviarMenéameTuentiTwitter
Simulador de créditos
Coches de ocasión
AURORA FERRER /
2012-03-15
Según un estudio que se publicará este viernes en la revista Science, realizado por el equipo de investigación de Galit Shohat-Ophir, cuando las moscas Drosophila no consiguen su objetivo de aparearse, los machos ingieren alimentos con alcohol como consolación.
Según afirma Science, este hallazgo fue clave para conseguir esclarecer una interesante vía de investigación sobre el efecto recompensa en el cerebro y su implicación en la adicción. Para realizar el estudio, los investigadores separaron en dos grupos a las protagonistas de la investigación. Pudieron observar, que aquellas moscas a las que se le permitió tener sexo consumieron menos alcohol y mantuvieron niveles más elevados de un neurotransmisor llamado NPF, componente molecular clave del sistema natural de recompensa de la mosca. En cambio, aquellas moscas a las que se las privó de sexo, aumentaron considerablemente su consumo de alcohol y tuvieron menores niveles de NPF.
Según los investigadores, el apareamiento incrementa los niveles de NPF, saciando con ello la necesidad de recompensa de la mosca. Sin este estímulo en los niveles de NPF, las moscas que no tienen sexo buscan su recompensa, y si el alcohol se les pone a 'pata', como hicieron los investigadores del Howard Hughes Medical Institute (Ashburn), no dudan un segundo en buscar en las bebidas alcohólicas su consuelo. Shohat-Ophir y su equipo consiguieron incrementar o disminuir el consumo de alcohol de las moscas inhibiendo o activando el NPF directamente.
Al parecer no sólo los seres humanos "mojamos" nuestras penas en alcohol. Por increíble que parezca, también lo hacen las moscas.
13 comentariosImprimirCorregirCompartir:EnviarMenéameTuentiTwitter
Simulador de créditos
Coches de ocasión
AURORA FERRER /
2012-03-15
Según un estudio que se publicará este viernes en la revista Science, realizado por el equipo de investigación de Galit Shohat-Ophir, cuando las moscas Drosophila no consiguen su objetivo de aparearse, los machos ingieren alimentos con alcohol como consolación.
Según afirma Science, este hallazgo fue clave para conseguir esclarecer una interesante vía de investigación sobre el efecto recompensa en el cerebro y su implicación en la adicción. Para realizar el estudio, los investigadores separaron en dos grupos a las protagonistas de la investigación. Pudieron observar, que aquellas moscas a las que se le permitió tener sexo consumieron menos alcohol y mantuvieron niveles más elevados de un neurotransmisor llamado NPF, componente molecular clave del sistema natural de recompensa de la mosca. En cambio, aquellas moscas a las que se las privó de sexo, aumentaron considerablemente su consumo de alcohol y tuvieron menores niveles de NPF.
Según los investigadores, el apareamiento incrementa los niveles de NPF, saciando con ello la necesidad de recompensa de la mosca. Sin este estímulo en los niveles de NPF, las moscas que no tienen sexo buscan su recompensa, y si el alcohol se les pone a 'pata', como hicieron los investigadores del Howard Hughes Medical Institute (Ashburn), no dudan un segundo en buscar en las bebidas alcohólicas su consuelo. Shohat-Ophir y su equipo consiguieron incrementar o disminuir el consumo de alcohol de las moscas inhibiendo o activando el NPF directamente.
lunes, 5 de marzo de 2012
La Felicidad Sexual es clave
Danielle Bousquet, maestra y diputada socialista francesa, es una petardilla que ha cogido tirria a las prostitutas y vive entregada a su exterminio. Hay muchas así en España; pero, como la Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, tengo motivos de sobra para cargar contra madame Bousquet. Para que luego diga no se quién que una vez me metí con la Virgen. ¡La lengua se le llague!
El caso es que la francesa quiere alcanzar, si no la solución final, porque está muy feo fumigar putas, sí el incordio máximo. Ella tiene un criterio de tipo moral-feminista de izquierdas según el cual están permitidas todas las cochinadas –pero todas, todas– desde la más tierna adolescencia, siempre que se use condón y no se pague ni se cobre. Porque cuando una mujer cobra por tener sexo está vendiendo su cuerpo. Debe de ser que eso de vender el cuerpo es una cosa capitalista y, en cambio, regalarlo sin ton ni son ya es distinto, porque así queda socializado y de paso se acorta el océano de desigualdad que existe entre los sexos.
Desoyendo a las propias prostitutas que le suplican que no las libere, la diputada sostiene que ninguna mujer quiere ser puta y que la culpa de que exista el oficio la tienen los hombres que se empeñan en pagar para poder refocilarse a sus anchas. Así que, como maestra que es, se declara partidaria de educar al cliente para que deje de esclavizar a las mujeres, y, dado que no puede ponerle las orejas de burro y mandarlo al rincón, se conforma con castigar con una multa al que hable con una prostituta o conteste a un anuncio. Habrá quien piense que eso es discriminatorio, pero merece la pena, ya que, a partir de ese momento, todo puede ir sobre ruedas en Francia. La multa escuece, el cliente se lo piensa dos veces y las periquitas esclavizadas se quedan sin trabajo pero manumitidas, y ya pueden ser pastoreadas hacia el buen camino.
¿Sabe una palabra de economía esta santa? Pues no, porque a pesar de haber dado clases de esta asignatura –¡válgame Dios!– no comprende que el comercio carnal, como cualquier otro, se gobierna por las leyes de la oferta y la demanda, y cuando le haces la puñeta a las partes contratantes lo único que consigues es modificar los precios. Pero ella se empecina en decir que las esclavas sexuales, o sea las putas, son un producto de la sociedad machista. ¿Ha leído algo de biología esta maestra candorosa? No, porque desconoce que llevamos la prostitución en la masa de la sangre y la heredamos de los monos, que ya sabían antes que nosotros que hay un exceso de demanda sexual por parte de los machos y que un regalito a las monas hacía milagros. De donde se deduce que, para bien o para mal, la prostitución siempre ha existido, y eso nos da la tranquilidad de saber que el mundo no se acaba porque haya putas. Desdichadamente, no tenemos la misma certeza de que el mundo resista la proliferación de feministas fanáticas.
¿Y por qué hay exceso de demanda por parte de los machos? Pues porque, aunque se empeñen las diputadas socialistas en igualarlo todo, el sexo no es lo mismo para los machos que para las hembras. Si esta sosa fuera capaz –es un suponer– de acabar con la prostitución, los sexos no se igualarían nada de nada, pero sí que se agotaría una de las formas que tienen las mujeres de sacar la pasta a los hombres.
A propósito, ¿tiene la excelsa ésta algún plan para acabar con la prostitución sin engrosar las listas del paro femenino? Porque, vamos a ver, putas o no, es imposible meter a todas las mujeres a diputadas de izquierdas. Podrían fregar váteres, que ese, como sabe todo el mundo, no es un trabajo de esclavas; pero los váteres son habas contadas y además se gana una miseria. Lo ideal sería meterlas a liberadas sindicales; pero, lamentablemente, las cosas ya no son como antes, ni siquiera en Francia.
¿Y por qué demonios en vez de poner vallas al campo no se legaliza la prostitución? Así se cobrarían impuestos, se daría de alta a las trabajadoras del sexo en la seguridad social y se acabaría con las mafias. Pero, claro, esta iluminada no lo hace porque contempla el mundo desde una perspectiva políticamente correcta. (Caca, nena).
Yo me imagino a esta honesta madre de familia que, poseída por ese tipo de bondad furibunda que no atiende a razones, no puede creer realmente que la libertad sexual venga siendo, por ejemplo, la capacidad que tiene una mujer para decidir si quiere morir virgen, ser una buena madre y esposa o vivir del comercio carnal. Es decir, que no cree en la madurez y pericia de las personas para tomar iniciativas sobre los asuntos relacionados con su propio sexo, y ella, que lo sabe todo, se siente llamada a meter mano en el sexo de los demás. Por eso sentencia: "La no comercialización del cuerpo humano es un principio no negociable".
¡Qué mandona! Pues a mí me toca una oreja lo que diga, hasta tal punto que estoy tentada de abrir un meublé para hacerla rabiar.
Oh, queridos, cuánta confusión. Todavía hay muchos mentecatos que dicen que la propiedad privada fue una consecuencia de la agricultura o del patriarcado y que antes de que existiera se compartía todo y éramos una barbaridad de felices. Pero lo cierto es que la propiedad privada siempre existió. La prueba es que el cuerpo de cada cual es una propiedad inequívocamente privada. Cuando yo me metí a feminista –Franco aún resollaba a buen ritmo– decíamos eso de que "mi cuerpo es mío" porque no queríamos que nos lo gestionaran las autoridades. Pero ahora, en Francia, la gente deberá hacer dejación de los derechos sobre su cuerpo en favor de la diputada Bousquet.
Este ángel exterminador tampoco cree que la prostitución preste un servicio público, tal como se consideraba en otros tiempos, y pienso, apesadumbrada, qué pasará con mi primo el francés, que pese a accidentarse con el coche y perder toda la galanura que lo caracterizaba conservó milagrosamente intactos y operativos sus colgajos varoniles, con la salvedad de que ya ninguna conocida quiere atenderlos como sucedía en tiempos más felices.
¿Y qué será de la amiga de mi peluquera, que, al quedar sin trabajo a sus cincuenta años, vive de charlar por los codos en una línea erótica? ¿Y qué será de los viejos verdes sin ningún desahogo? Igual en vez de dar miguitas de pan a las palomas del parque acaban llevándoselas detrás de un matorral.
Así que, en nombre de ellos y de todos los que quieren conservar el libre albedrío sexual, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y declarar que la diputada Bousquet es perfectamente punible por ser una plasta infumable. Así que ahora mismo la castigo a ser aspergida con perfume canallesco y a reflexionar a la puerta de una mancebía cutre, disfrazada de puta antigua y con un billete doblado en el canalillo, mientras desde una tasca vecina se escapan los compases de "El pollero se va de putas". Hala, a chincharse.
El caso es que la francesa quiere alcanzar, si no la solución final, porque está muy feo fumigar putas, sí el incordio máximo. Ella tiene un criterio de tipo moral-feminista de izquierdas según el cual están permitidas todas las cochinadas –pero todas, todas– desde la más tierna adolescencia, siempre que se use condón y no se pague ni se cobre. Porque cuando una mujer cobra por tener sexo está vendiendo su cuerpo. Debe de ser que eso de vender el cuerpo es una cosa capitalista y, en cambio, regalarlo sin ton ni son ya es distinto, porque así queda socializado y de paso se acorta el océano de desigualdad que existe entre los sexos.
Desoyendo a las propias prostitutas que le suplican que no las libere, la diputada sostiene que ninguna mujer quiere ser puta y que la culpa de que exista el oficio la tienen los hombres que se empeñan en pagar para poder refocilarse a sus anchas. Así que, como maestra que es, se declara partidaria de educar al cliente para que deje de esclavizar a las mujeres, y, dado que no puede ponerle las orejas de burro y mandarlo al rincón, se conforma con castigar con una multa al que hable con una prostituta o conteste a un anuncio. Habrá quien piense que eso es discriminatorio, pero merece la pena, ya que, a partir de ese momento, todo puede ir sobre ruedas en Francia. La multa escuece, el cliente se lo piensa dos veces y las periquitas esclavizadas se quedan sin trabajo pero manumitidas, y ya pueden ser pastoreadas hacia el buen camino.
¿Sabe una palabra de economía esta santa? Pues no, porque a pesar de haber dado clases de esta asignatura –¡válgame Dios!– no comprende que el comercio carnal, como cualquier otro, se gobierna por las leyes de la oferta y la demanda, y cuando le haces la puñeta a las partes contratantes lo único que consigues es modificar los precios. Pero ella se empecina en decir que las esclavas sexuales, o sea las putas, son un producto de la sociedad machista. ¿Ha leído algo de biología esta maestra candorosa? No, porque desconoce que llevamos la prostitución en la masa de la sangre y la heredamos de los monos, que ya sabían antes que nosotros que hay un exceso de demanda sexual por parte de los machos y que un regalito a las monas hacía milagros. De donde se deduce que, para bien o para mal, la prostitución siempre ha existido, y eso nos da la tranquilidad de saber que el mundo no se acaba porque haya putas. Desdichadamente, no tenemos la misma certeza de que el mundo resista la proliferación de feministas fanáticas.
¿Y por qué hay exceso de demanda por parte de los machos? Pues porque, aunque se empeñen las diputadas socialistas en igualarlo todo, el sexo no es lo mismo para los machos que para las hembras. Si esta sosa fuera capaz –es un suponer– de acabar con la prostitución, los sexos no se igualarían nada de nada, pero sí que se agotaría una de las formas que tienen las mujeres de sacar la pasta a los hombres.
A propósito, ¿tiene la excelsa ésta algún plan para acabar con la prostitución sin engrosar las listas del paro femenino? Porque, vamos a ver, putas o no, es imposible meter a todas las mujeres a diputadas de izquierdas. Podrían fregar váteres, que ese, como sabe todo el mundo, no es un trabajo de esclavas; pero los váteres son habas contadas y además se gana una miseria. Lo ideal sería meterlas a liberadas sindicales; pero, lamentablemente, las cosas ya no son como antes, ni siquiera en Francia.
¿Y por qué demonios en vez de poner vallas al campo no se legaliza la prostitución? Así se cobrarían impuestos, se daría de alta a las trabajadoras del sexo en la seguridad social y se acabaría con las mafias. Pero, claro, esta iluminada no lo hace porque contempla el mundo desde una perspectiva políticamente correcta. (Caca, nena).
Yo me imagino a esta honesta madre de familia que, poseída por ese tipo de bondad furibunda que no atiende a razones, no puede creer realmente que la libertad sexual venga siendo, por ejemplo, la capacidad que tiene una mujer para decidir si quiere morir virgen, ser una buena madre y esposa o vivir del comercio carnal. Es decir, que no cree en la madurez y pericia de las personas para tomar iniciativas sobre los asuntos relacionados con su propio sexo, y ella, que lo sabe todo, se siente llamada a meter mano en el sexo de los demás. Por eso sentencia: "La no comercialización del cuerpo humano es un principio no negociable".
¡Qué mandona! Pues a mí me toca una oreja lo que diga, hasta tal punto que estoy tentada de abrir un meublé para hacerla rabiar.
Oh, queridos, cuánta confusión. Todavía hay muchos mentecatos que dicen que la propiedad privada fue una consecuencia de la agricultura o del patriarcado y que antes de que existiera se compartía todo y éramos una barbaridad de felices. Pero lo cierto es que la propiedad privada siempre existió. La prueba es que el cuerpo de cada cual es una propiedad inequívocamente privada. Cuando yo me metí a feminista –Franco aún resollaba a buen ritmo– decíamos eso de que "mi cuerpo es mío" porque no queríamos que nos lo gestionaran las autoridades. Pero ahora, en Francia, la gente deberá hacer dejación de los derechos sobre su cuerpo en favor de la diputada Bousquet.
Este ángel exterminador tampoco cree que la prostitución preste un servicio público, tal como se consideraba en otros tiempos, y pienso, apesadumbrada, qué pasará con mi primo el francés, que pese a accidentarse con el coche y perder toda la galanura que lo caracterizaba conservó milagrosamente intactos y operativos sus colgajos varoniles, con la salvedad de que ya ninguna conocida quiere atenderlos como sucedía en tiempos más felices.
¿Y qué será de la amiga de mi peluquera, que, al quedar sin trabajo a sus cincuenta años, vive de charlar por los codos en una línea erótica? ¿Y qué será de los viejos verdes sin ningún desahogo? Igual en vez de dar miguitas de pan a las palomas del parque acaban llevándoselas detrás de un matorral.
Así que, en nombre de ellos y de todos los que quieren conservar el libre albedrío sexual, no me queda más remedio que tomar cartas en el asunto y declarar que la diputada Bousquet es perfectamente punible por ser una plasta infumable. Así que ahora mismo la castigo a ser aspergida con perfume canallesco y a reflexionar a la puerta de una mancebía cutre, disfrazada de puta antigua y con un billete doblado en el canalillo, mientras desde una tasca vecina se escapan los compases de "El pollero se va de putas". Hala, a chincharse.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)